Un día cualquiera   Leave a comment

Historia ficticia.

Acaba de amanecer, es aún temprano pero la luz no me deja dormir y los ruidos de la calle son cada vez más continuos. Parece que va a ser un día estupendo, la mañana es fresca como lo ha sido la noche, pero el sol brillará probablemente durante la mayor parte del día y por la tarde incluso pasaré algo de calor…

Decido pasear un rato. El parque está tranquilo, solo hay unas cuantas palomas picoteando el suelo en busca de migajas. La gran ciudad de París se despierta poco a poco en esta mañana de verano. Apenas se ven turistas aún pero pronto estarán por todas partes. Los primeros en abrir son los bares, preparan sus terrazas y sacan a relucir sus pizarras de precios atractivos pero engañosos. “Seguro que pican muchos”, pienso. Lo cierto es que tomar algo en uno de estos lugares es para mi algo imposible, los precios son demasiado elevados.

Cansado de caminar decido sentarme en un pequeño banco situado cerca de un parque para niños. El parque me trae recuerdos de cuando yo era más joven e iba con mi hijo cada sábado al pequeño parque infantil situado cerca de nuestra casa. Qué tiempos aquéllos. Pero ya hace mucho de eso, mi hijo se hizo mayor y se marchó a Estados Unidos, hace mucho que no lo veo aunque lo recuerde cada día.

A media mañana decido comer algo y entro en un pequeño supermercado donde me conocen y siempre me guardan algunas cosillas. El encargado es un chico muy simpático que mira con lástima a este pobre viejo. No me mires así muchacho, le digo yo, soy una persona libre. Creo que lo hace porque me ve solo, pero no se da cuenta que en una ciudad como París es imposible sentirse solo.

Me como deprisa las cosas que he recogido en el super. Abro el pan con las manos y le meto algo de jamón y queso. “Quién necesita los bares”, pienso. El pequeño bocadillo y un cartón de leche componen mi desayuno-comida. Tras esto decido acercarme a la zona turística, tal vez encuentre algo interesante hoy. Camino por las largas avenidas poco a poco, mis piernas ya no son como antes cuando podía trabajar y recorrer París sin problemas, ahora voy arrastrando los pies y tengo que sentarme a cada rato, pero ya no importa demasiado. Además empieza a hacer demasiado calor y el abrigo me estorba… aunque decido no quitármelo, últimamente tengo muy mala cabeza y es posible que lo pierda.

Cerca del Arco del Triunfo me siento a pasar la tarde. El rumor de los coches en la inmensa rotonda al final de los Campos Elíseos me adormila. Sueño que viajo por el mundo como esas personas que ahora suben al Arco a tomar fotos y a contemplar la gran avenida que se extiende a sus pies. Son personas extrañas y a la vez las siento muy próximas. Con ellas comparto esta ciudad, la ciudad de mi vida, París.

Poco a poco van pasando las horas. A veces me quedo dormido, ¿qué pensará la gente que vea a un anciano en un banco dormido a media tarde? La verdad es que me importa poco, me siento agusto y con eso me vale. Todavía quedan algunas horas de luz, los días son eternos en esta época del año. Las calles siguen vivas hasta bien entrada la noche. Yo decido que mi día a terminado y que debo volver a casa.

Recojo mis cosas del banco y de la misma forma que vine, aunque algo más cansado, emprendo el camino de regreso. Las calles ahora me parecen más largas y camino despacio, parándome para observar algunos lugares interesantes donde a veces encuentro cosas sorprendentes. Es increíble lo que la gente olvida en una gran ciudad. No sé si en lugares más pequeños también ocurrirá, pero en París puedes encontrar de todo por la calle.

Han pasado varias horas desde que emprendí el viaje de vuelta y por fin llego a mi casa. Todo está tranquilo. Elegí este hogar por esa razón, la tranquilidad. Está muy cerca del Sena y eso me gusta. Pienso en cómo me gustaría morir, y creo que sería en las aguas mansas y negras del río que cruza París, el río más maravilloso del mundo. Son pensamientos de un viejo, lo sé, pero poco me queda ya aparte de mis pensamientos.

Ha llegado la hora de dormir. Extiendo los cartones que dejé la noche anterior escondidos. Cada vez están más estropeados, supong que tendré que buscar nuevos mañana. Pongo mi bolsa, donde llevo todas mis pertenencias, entre los cartones y la pared. Apenas hay luz ahora, es una esquina oscura en una calle tranquila, un lugar perfecto para una noche de verano como esta. No creo que pase frío esta noche. Por un momento recuerdo las noches gélidas del invierno anterior, noches interminables que venían seguidas de mañanas aún más frías. Ahora eso no importa, mi realidad es este momento, no el pasado ni el futuro. Me recuesto sobre los cartones y cierro los ojos. Antes de dormirme mi último pensamiento va dirigido a mi hijo, allá donde se encuentre, a él le dirijo en un susurro mis últimas palabras del día: “no sé si despertaré mañana, si no es así, que sepas que estoy orgulloso de tí”.

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Publicado julio 15, 2010 por D.Ferrer en Uncategorized

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