Una de esas pequeñas cosas   1 comment

Hoy he vivido una de esas pequeñas cosas que me hacen recordar mi tierra y comprobar lo diferente que pueden llegar a ser dos personas de diferente cultura a pesar de encontrarse ambas en el mismo continente y a relativa corta distancia. Lo cuento como una anécdota, ya que es así como lo he vivido.

Esta tarde he ido a un zapatero, una de esos pequeños talleres de los que quedan muy pocos donde todavía hacen zapatos de forma artesanal o los arreglan. Tengo una bota de piel que se rompió hace algunas semanas (algo que  no es la primera vez que ocurre y ya la ha reparado antes un zapatero de Estepona), así que como sé que es posible la reparación la he llevado a uno de esos talleres artesanales de zapatos.

Cuál ha sido mi sorpresa cuando el zapatero, que en principio me había dicho que era posible la reparación aunque tendría que sustuir parte de la piel y que costaría 15 euros (momento en el que me ha mirado pensando que me echaría atrás, aunque no ha sido así), pues me ha dicho, cambiando de idea de repente, que no podía ser, que tendría que cambiar también los corchetes y que no tenía esos exactamente y que no, que me comprase otra. Mi primera reacción ha sido de indignación, ya que él mismo me había dicho que la reparación era posible, pero a continuación he comprendido que en Alemania esto es completamente normal, primero, porque vivimos en una sociedad en la que todo se compra nuevo y nada se repara, y segundo porque reparar cuesta más trabajo, tiempo y dinero que comprar uno nuevo.

Al salir de la tienda, mascullando en español por mi indignación, he pensado que este suceso sería imposible en España, al menos en la que yo conozco: Andalucía. Estoy seguro que un zapatero español nunca me diría que no a una cosa así, y que tal vez le costaría aceptar el encargo, pero que al final lo haría, porque a nosotros, los andaluces y creo que a los españoles en general, nos cuesta mucho decir que no a algo aunque no queramos hacerlo, es un defecto, digamos, de fábrica.

Y con lo de defecto no quiero decir que sea algo malo, es simplemente algo que tenemos en nuestro ADN y que viene de mucho años atrás como parte de nuestra cultura. Los españoles somos, en general, sacrificados para todo y nos cuesta horrores dar un sencillo NO por respuesta. Necesitamos a menudo dar vueltas, excusarnos con pequeñas cosas e incluso encontrar para nosotros mismos una excusa lo suficiéntemente buena que nos libre de la carga de decir que no a algo. Por todo esto un zapatero nunca te diría que no a un zapato roto, aunque la reparación suponga un trabajo que sabe que no va a poder cobrarte porque te costaría más que el zapato nuevo, así somos, por regla general, y esto nos lleva muchas veces a problemas y malentendidos, muchos de ellos en el trabajo cuando, por no decir que no a un jefe o a un compañero, acumulamos una lista de cosas que es imposible terminar en el tiempo normal, por lo que acabamos haciendo más horas, o un mayor esfuerzo del requerido con el consecuente estrés, insatisfacción laboral, etc. Y no nos damos cuenta de que esta insatisfacción, infelicidad y estrés lo creamos nosotros mismos con nuestro deseo de hacer felices a los que nos rodean y decirles que sí a todo.

Un ejemplo me pasó hace algunas semanas: llevaba tiempo infeliz en mi equipo, no me divertía y me suponía un sacrificio más que un placer. Sabía que quería dejarlo, pero no lo hacía por respeto a mis compañeros, a mi entrenador, al club (al que por cierto tenía que pagarle una cantidad mensual para jugar)… Pero tuve una conversación con un amigo que debido a circunstancias de la vida ha aprendido a vivir en momento y a decir que no a lo que no le apetece hacer. Él me dijo: “a la mierda el respeto y a la mierda el equipo, si no te apetece, déjalo y búscate otro”. Así de claro y de sencillo, y la verdad es que tenía mucha razón. A la semana dije que no iba más a entrenar y que abandonaba el equipo, aunque aún, todavía algo arraigado a mis raíces culturales, tuve que poner una excusa, ya fuera para los componentes de mi equipo o para mi mismo.

Pensando todo esto me doy cuenta de que el zapatero que me ha dicho que no hace un rato, aunque me pareciese un estúpido incompetente en su momento, solo ha hecho lo más normal del mundo siguiendo sus costumbres culturales: si no nos merece la pena ni a tí ni a mí, ¿para qué hacerlo? Me tendré que buscar unas botas nuevas…

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Publicado marzo 9, 2010 por D.Ferrer en Dusseldorf

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Una respuesta a “Una de esas pequeñas cosas

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  1. Yo te mando unas botas nuevas Poti jeje!un abrazo 😉

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