Madagascar, con otros ojos   Leave a comment

Lidia con sus amigos los lemures

Lidia con sus amigos los lemures

¿Cuántas veces en la vida se puede tener la oportunidad de viajar a Madagascar? Problemente sea unos de esos lugares que a casi todo el mundo le gustaría conocer pero para los cuales hay mil peros a la hora de viajar. Yo no he tenido la suerte de conocerla en persona, aún, pero sí puedo presumir de saber algo más que lo que se pueden leer en panfletos turísticos gracias a la visita de Lidia. Aquí os lo cuento.

Haciendo la colada...

Haciendo la colada...

Madagascar, con otros ojos

La realidad de las personas de Madagascar es que la mayoría de ellos son pobres, la gente viste con ropas muy gastadas y sucias, como si las hubiesen cogido de la basura, la imagen de un vagabundo de occidente, o incluso peor. La mayoría van descalzos y deambulan de un lado a otro sin peinarse y sin un destino claro, simplemente hacen eso: deambular. Por el día las calles de Antananarivo, la capital de la isla, son un hervidero de gente que marcha de un lado a otro comerciando con lo que pueden. Este parece su medio de vida y cada uno vende lo que puede, encontrándose pequeños puestos con un par de frutas y cuatro bebidas, el precio lo desconozco, pero el sueldo de un trabajador normal se estima entre los 4 o 5 euros al mes.

Atardecer en Antananarivo

Atardecer en Antananarivo

Al adentrarte en las calles de la ciudad los puestos van adquiriendo un tono más real, aunque la mayoría son de madera y paja, tristemente ensamblados para recrear un puestecillo, pero parecen como de hace mil años. Más en el centro aparecen cosas parecidas a tiendas, pero casi todo muy sucio, muy viejo, muy pobre. Extremadamente pobre.

A la hora de comer se pueden ver puestecillos con pequeñas ollas al fuego y algunos dulces parecidos a los tradicionales xuxos, pero más pequeños. Por la noche, curiosamente, estos puestos desaparecen y dejan paso a pequeñas mesas con bebidas alineadas esperando un comprador.

Las calles están teñidas con un polvo rojizo que se ve en todas partes, hay mucho polvo, todo está manchado de él, todo parece muy sucio, para al mirar con detalle notas que no hay basura en el suelo, las calles, sin aceras, están limpias de basura, y la gente camina por los bordes por lugares donde no caben dos coches al mismo tiempo. Los coches y todo lo relacionado con ellos el algo muy curioso, las calles de Antananarivo están, en su mayoría, asfaltadas, aunque hay muchos caminos y senderos. No hay apenas señales de tráfico ni semáforos, para adelantar se usa el claxon, para girar se usa el claxon. Por supuesto las calles carecen de iluminación y por la noche, a partir de las seis y media ahora en invierno, están vacías salvo por algunos que parecen fantasmas y aparecen ante los focos del coche como tales, jugándose la vida a veces, pero esto es de lo más normal.

La entrada del hotel estaba bien vigilada

La entrada del hotel estaba bien vigilada

La conducción está reservada para profesionales, ya que no es fácil en lugar sin reglas. Es sorprendente ver todo sucio y fijarse en los coches, todos están relucientes, realmente brillan. No es extraño ver a personas limpiándolos en cualquier esquina con un trapo y un cubo. Los coches se pueden dividir en dos grupos: los 4×4 buenos y nuevos y los demás, que son coches viejos, en su mayoria taxis de color crema (como en algunas ciudades de Alemania).

La gente hace vida en la calle durante el día, compran, transportan cosas sobre la cabeza; otros están sentados sin hacer nada, como si el tiempo no fuera con ellos, simplemente ven el mundo pasar, al fresco. Se ven niños jugando, muchos niños, la mayoría de ellos acompañados por otros que los llevan de la mano. También se ven recién nacidos, algunos de ellos de apenas unos meses, en la calle, en apariencia solos, pero es fácil descubrir a alguna mujer cercana que los está vigilando por el rabillo del ojo. Otras madres llevan a sus recién nacidos colgados, algunos por delante del cuerpo, otros por detrás, la vida no se frena para amamantar. En contraste con la cantidad de niños pequeños, no se ven embarazadas, es algo que llama la atención.

El bullicio de las calles durante el día deja paso a una tranquilidad extrema durante la noche. Las casas parecen existir sólo para dormir. La gente lava sus prendas en la calle, en pequeños recintos techados donde hay agua o en palanganas en las puertas de las casas. También se ven ropas puestas a secar en cualquier lugar: en una rama de un árbol, en pequeñas parcelas de césped, en piedras…

Puestecillos en la calle

Puestecillos en la calle

Hay perros integrados en el entorno, gallos y gallinas que se cruzan por delante del coche desafiandolo. No se ve ni un gato, ni ningún otro animal suelto por la calle. No hay demasiados insectos tampoco. Cierto es que no hace calor ya que es invierno, pero tampoco hace frío y todo da una sensación de suciedad… aunque es el polvo. Lo que pasa es que en un entorno como este las cosas no pueden tener otra pinta, es normal.

El domingo todo cambia, es algo fantástico, la gente saca sus ropas limpias y las luce, como se hacía hace años en España, el domingo era el día de ir guapo, de lucir tus mejores ropas, así es en Madagascar. Los puestos venden en este día cosas distintas, cosas “festivas”, muy diferentes a las de diario, el cambio salta a la vista. La gente se ve más relajada, no hay tanto movimiento sino que están simplemente tomando el sol o a la sombra, pasando el rato.

Camaleón... con cuerno

Camaleón... con cuerno

Por otro lado trabajar en Madagascar es toda una aventura, todo va más despacio, es complicado avanzar y a veces frustrante, pero la gente no tiene prisa, no importa la duración. Los conductores pueden llegar una hora más tarde de la hora establecida y sin llamar ni explicar nada después, es algo que se supone normal. Las condiciones de trabajo son buenas, aunque difíciles de comparar con las de Europa.

Sí es muy buena la comida, puedes comer en restaurantes que en España serían de lujo por los productos y el trato por solo 10 euros por persona, y probablemente eso en Madagascar sea caro, no sé cuánto puede costar comer en la calle. Comer es barato en general y hay restaurantes de todo tipo, desde italianos a asiáticos pasando por los tradicionales. En los supermercados también son muy baratos. Los productos tienen buena pinta, en el supermercado la mayoría de las cosas son procedentes del mismo país, frutas exóticas, muchas cosas que no se pueden encontrar en Europa o que si las llevasen costarían un ojo de la cara.

Madagascar es una isla sorprendente por muchas cosas, una experiencia sin duda única. Aún queda mucho por descubrir de este rincón desconocido de África.

Familia de lemures de camping en el río

Familia de lemures de camping en el río

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